MANSIÓN LOZANO


Por Iván Humanes Bespín (Barcelona, agosto de 2007)
 

Cuántas veces habré mirado
Al poderoso tigre de Bengala
Ir y venir por el predestinado camino
Detrás de los barrotes de hierro,
Sin sospechar que eran su cárcel.
 
De El oro de los tigres.
J.L. Borges.


 
 
1. Ezra Pound rescata la poesía y la sitúa en las grietas de Dios, en el epicentro del modernismo. Ezra con su códice de humo por las grietas del Dios, titula Lozano uno de sus poemas. Una pregunta: “¿Sólo perdura la emoción, sigues aullando por el bosque?”, se repite incansable en el códice de Pound. Lozano abre la sinfonía: “A la muralla que alberga la lluvia que nace de tu boca / Hasta esa música llegan mis fauces”. Y convierte en un festín de espuma, de rojos cielos y cavernas la memoria de Ezra. El poeta es un viajero que busca la creación del mundo sobre el lenguaje (“Cantabas un lenguaje de pájaros para cantar con los pájaros desde la fundación del mundo”), que camina sobre la aventura de la herida hasta encontrarla (“Por eso te pido la delicada llave, la fascinante”). O si acaso ni eso. Al viajero lo que le moviliza es la búsqueda, la pregunta, no la respuesta. “Ningún camino conduce hasta la casa: no hay casa, no hay espera”, adivina Lozano. La pregunta y la respuesta se evaporan. Y luego el poeta que es metamorfosis, identidad: “¡Soy yo, el ilustre Ezra Pound con raíces de limoneros y humo lunar surgiendo de la mínima distancia entre el jadeo y el grito!”. Ezra con su códice de humo por las grietas del Dios es una ráfaga de viento y memoria.
 
2. Es el tigre de oro el que enciende las lámparas.
 
3. El mundo se enfría, y el poeta permanece asesinado. Va a llegar, va a llegar. Pero antes, renace y habla:
 
“El poeta sale de su cuerpo.

El poema sale de su cuerpo
con una ofrenda de astillas en esta Lupercalia.
Le hablo a tus noches
desde la rota fidelidad de la muerte.
¿Quién te olvidaría, desnudo antifaz de emperatriz,
aferrado a las balaustradas del vértigo en ascenso?”.
 
Lozano antecede su poema Interludio para el poeta asesinado en un mundo que se enfría (Suite para tres voces y orquesta de cámara) con el Cristo crucificado de Nietzsche, que incluso ahora es el más sublime de todos los símbolos.
 
4. La paciencia del tigre es mirarse las zarpas y apoyar la cabeza en la hierba. Ver el caminar de Borges que es una incógnita. ¿Cómo abordar la literatura? Con calma, con la tranquilidad de un guerrero que ya no se prepara para batallas, pues ya las ha librado. El guerrero que ha sido derrotado y ha regresado a casa con sus pinturas de guerra, su melena y su lanza. Quedarse quieto y ser tigre en la hierba. Comprender: es la observación lo que vuelve a los demás barro. Barro que no sirve para crear, que ya no puede convertirse en Golem, barro deshauciado. Los pasos desaforados de la Pizarnik, la inteligencia  (viva) de Bioy. Olga Orozco que regresa como Olga Orozco y le acaricia a uno la cabeza. En el horizonte las hordas literarias siguen encarnizando la llaga, sin responsabilidad, sin ningún criterio, una vez abandonado el libro. Se ocupan de otra cosa, los escritores de hoy se ocupan de otra cosa. Ni siquiera devorarlos estaría dentro del orden del día, no sería satisfactorio. La paciencia, el observar y dejar que las apariciones crezcan en uno y leer con calma, sin prisas. Reírse. ¿Alguien vio alguna vez la risa del tigre? Aspirar a ello.
 
5. ¿Cómo se teje el poema? “Con hilachas desatinadas de viejos tapices”, escribe Lozano. “Para arrojarse –de cuajo- como arpón hacia el abismo que es la casa”. La rueca dorada de Manuel Lozano es alucinación. ¿Cómo mira el poeta? ¿Desde qué profundidad habla? ¿Quién propone la palabra? Todo es espejismo. Y lastima: “Ya han comido de mi carne”, escribe el poeta en Ümraniye, antes de la salvación: “Pero yo he de tajar en piedra / la palabra que salva”. La rueca da vueltas “girando en ascenso” y deshila la madeja, hasta llegar al inicio, de ahí va agarrada la palabra.
 
6. Prisionera en la torre de Thornfield Hall, Jean Rhys plantea el ancho mar de los sargazos como el poeta construye su texto: enajenada. En el Mar de Sargazos de Lozano el que lee, que es el que escribe el poema con cada lectura, se interroga: “¿Pero qué exorcismos vuelven a la áspera colina / de la gracia tan leve? “. La ilusión arrastra a comprender que “El nacimiento es de los otros”. Uno no es permanecer; es despojarse, caer. Para Lozano uno es entrañas, violencia, iris de perra, desgarro. Uno es otro, ancho mar.
 
7. El poeta se relame limeño, como Lezama, con su puro bien agarrado a la boca y los tirantes como eje del mundo. Lozano aprendió de Olga Orozco, de Bioy, de Borges, sobre todo (¡y ante todo!) de Silvina Ocampo, y con ello fue construyendo (o reconstruyendo) su poemario. Pero también tiene algo de relame limeño, no es que el barroco adorne el texto; sino que es esa íntima correspondencia con lo antiguo, lo secreto, lo divino y lo inescrutable para el “lector corto” (trayendo cómo no a Macedonio Fernández), lo que hace de los poemas de Lozano el salvoconducto hacia el sentido. Hay que escarbar con las uñas. O más bien, hay que clavarle los dientes del delirio. “Clávame al fin los dientes del delirio”, revelan sus poemas.
 
8. Es el tigre de oro el que debe encender las lámparas que Felisberto Hernández siempre encontraba apagadas. Mansión Artaud como Mansión Lozano. Como liberación del individuo. “No es posible al fin que el milagro no estalle” dijo Artaud en Otros poemas. Y Lozano lo reproduce en su Mansión Artaud, que es su poemario milagroso. ¿Quién lo lee? Byron, San Agustín, Olga Orozco, Pierre Klossowsky, O. W. de Lubicz Milosz, Hofmannsthal, Nerval, Joan Miró. Y Miró quiere regresar a la infancia y Artaud dejó dicho que la niñez es como la muerte. En ella un sonido o un grito son inmensos fantasmas. Infamia infatigable. Génica Athanasiou recorrería la Mansión Artaud y se la llevaría a la cama, desplegaría todas sus hojas en un juego surreal y esperaría a su Artaud con esos pétalos de soledad. “¿Con qué pelaje aguardo el alba de mis noches?",  repetiría incansable. Haría suya el verso que Lozano encuentra en su poema En el óvalo claro, imaginado y dedicado para Kandinsky. O bien apresaría otro: "¿Cómo sería mi amortajado/bajo el viento?". Y otro: "¿Adónde tu transparencia?". El poeta parece escribir de la boca de Artaud para Génica, y es que “La imaginación es una tigra de sed”. De la imaginación surge la combinatoria, que es pura matemática, juego de Capablanca, ajedrez y silencio. Y todo eso para intentar amasar el principio, la cuna del poema y la pregunta. Hay que dar con la respuesta. ¿Hay que dar con la respuesta? La tarea del poeta es presumirla, arrojarla. Será un mendigo en Washington Square el que nos ponga el pie sobre la huella, en esa ciudad semejante a esta gran ciudad que se cita en el Apocalipsis y que el poeta trae al texto (siempre en él el Apocalipsis, el Corán, Blake, Bizancio bajo las aguas, lo hermético). La suma de letras se torna milagrosa cuando la génesis de nuestro momento es hallada y se presume la respuesta: “Del robo de las pieles nace el vuelo / Y así empieza la historia”. Mansión Artaud, que es Mansión Lozano, como hambre y sueño.

 

Manuel Lozano junto a fotos de la genial Génica Atanasiu (Barcelona, 2007-Dominique Destraud)

Jugando con Miró (Fundación Joan Miró, de Barcelona-Foto Dominique Destraud)

 

 Iván Humanes y Manuel Lozano (Barcelona, 2007)

 

Iván Humanes Bespín nació en Barcelona en 1976. Se licenció en Derecho por la Universidad de la misma ciudad, realizando también estudios de Filosofía.

Ganó el XVI Premio de narraciones cortas "Ciudad de Jerez" (2003) y el XIII Premio "El Fungible" (Alcobendas, 2004). Durante estos años ha obtenido otras menciones y ganado otros premios en varios certámenes de narrativa. Ha participado en obras colectivas (Así escribo mi ciudad, 32 maneras de escribir un viaje, Grafein Ed.; Poesía Española Contemporánea, etc.)

Es colaborador de la revista Escribir y publicar  y del sitio electrónico Literaturas.com, para los que ha realizado entrevistas a los escritores  Martin Amis, Jane Harris, Andreu Martin, Fernando Arrabal, Lázsló Krazsnahorkai, Peter Stamm, Agustín Fernández Mallo, Stephan Audeguy, entre otros. Algunos de sus cuentos también pueden leerse en Margencero, en Ariadna RC, en Los cuentos, en la lista Mizares (ya desparecida), en Los Noveles, etc. y en las revistas Atenea o Amalgama. En el 2005 publicó el libro La memoria del laberinto (Biblioteca CyH), que consta de diecinueve relatos cortos.

En 2006 el ensayo Malditos. La biblioteca olvidada (Grafein Ed.), del que es coautor. Próximamente se publicará En Kobernauss, poemario que es tributo a la obra de Thomas Bernhard. A fines de junio de este año, presentó a Manuel Lozano en Barcelona.

Su sitio en la red es www.ivanhumanes.com

Iván Humanes-Manuel Lozano en la Universidad de Barcelona (junio de 2007)

 

Mano de Lozano palpando un manuscrito de Antonin Artaud (Barcelona, 2007)

 

Interior de una columna de La Sagrada Familia (Barcelona-Foto Manuel Lozano)

 

 

 

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